Sin embargo, es importante tener en cuenta que la exposición al Sol no es milagrosa. Todo lo mencionado anteriormente son pequeños efectos que, aunque puedan resultar positivos, en ningún caso se deben tomar como la forma adecuada de curar heridas en a piel.
Los rayos ultravioleta (UV) pueden dañar la piel, provocando quemaduras o afectando a los tejidos nuevos que se producen durante el proceso de cicatrización y que son altamente sensibles al principio, y entorpecer el proceso de curación de heridas.
Esto no solo dificulta la curación de todo tipo de heridas sinó que las puede agravar. Además, la exposición prolongada al Sol sin protección puede aumentar el riesgo de desarrollar cicatrices hipertróficas o queloides, las cuales aparecen como resultado de un crecimiento excesivo del tejido cicatricial.
Por lo tanto, para acciones cotidianas (salir a pasear 10 minutos, tender la ropa…) no es imprescindible proteger una herida, pero sí lo es en situaciones de mayor exposición, como ir a la playa o a la piscina en verano.